diciembre 26, 2009

Gorda Carola

Una bofetada en seco paralizó a Carolina, la "gorda carola" para quienes la conocimos durante la infancia ....

"No se dice senáforo es semáforo, que pendeja eres, amá", pronunció la frondosa Caro antes de recibir la efusiva y brusca respuesta de su progenitora. Después agachó la cabeza y siguieron caminando.

A la Carola la conozco desde el tercer año de primaria. En ese entonces estaba de moda la telenovela Carrusel, por lo que rápidamente colocamos el adjetivo "gorda" para inmortalizar el que sería su sobrenombre, hasta la fecha.

Un día, cuando comenzaba la tomadera, llegó un poco mareada a su casa, ubicada en un popular barrio al sur de Ciudad Obregón, donde aún vivo, y gracias a la suerte pudo abrir la puerta sin problema alguno. Se quitó sus Vans y como aquel tierno personaje de la película Fantasía de Disney caminó de puntitas hasta su cuarto.

Un descuido ocasionó que la Caro tumbara un pequeño jarrón que se encontraba en la sala. La obscuridad y su estado etílico hicieron más grave el cuadro y en pocos segundos se escuchó un ruido estremecedor en toda la casa.

La Carola desesperada trató barrer con los pies los restos de aquel fino adorno de origen chino que su mamá se había ganado un 10 de mayo, durante la clásica rifa de la primaria donde estudiaban mi amiga y sus hermanos. Pero falló en el intento, todo le daba vueltas y sólo logró darse algunos golpes con la orillita del sillón. ¡Maldita sea! exclamó en voz baja.

Enseguida, deslizó su mano por la pared como si fuera una brocha, tratando de encontrar el botón para encender la luz. No lo logró. Se agachó unas cinco veces hasta tocar el piso con su trasero y al último intento cayó de nalgas. Pudo sentir los restos del jarrón chino.

A como pudo se levantó y continuó buscando la luz, falló de nuevo. Ahora no veía doble, veía cuádruple. Quiso vomitar en tres ocasiones y no pudo. Se dio por vencida y como la gallinita ciega intentó llegar a su recámara.

Nuevamente dio pequeños pasos y en su mente, trataba de recordar el camino a su habitación. Rápido reconoció la pared, luego el pasillo y la puerta. Ubico la perilla y justo cuando había logrado la hazaña recibió un duro golpe en la cara. Sintió la sangre y del susto, no pudo gritar.

¡Es un ratero! gritó su madre. ¡Ya le metí un chingazo! respondió el padre.

Y no, no era un delincuente, era la gorda Carola, quien tendida en el piso se quitó la gorra que había tomado sin permiso del cuarto de su hermano y lanzó tremendo grito.

A los tres días regresó a la escuela, con un morete y el labio partido. Nos contó con lujo de detalle su anécdota, tomó su mochila y se salió de la clase, dijo iría al parque y después con sus amigos los cholos. No la veo desde hace años, la extraño y deseo verla en estos días. Es todo un personaje.

Y cada vez que veo un semáfono me acuerdo de aquel tremendo golpe que le dio su mamá y del que fui testigo gracias a la terracita que construyó mi amá en el patio.